:: PREÁMBULO.
   Ojo con eso.

Por: Juan Pablo Yañez Barrios.

Los estímulos que día a día, desde que somos niños, nos va dando la vida, son factores importantes que influyen en la forma de entender el mundo y en el comportamiento personal. El cerebro humano funciona como un depósito de información, la cual llega, en un gran porcentaje, sin que la hayamos elegido. Por eso, pareciera ser que nuestra formación como personas fuera un producto de lo casual, de la buena o la mala suerte. Pero, si bien este proceso está más allá de nuestra posibilidad de control, poseemos también algo que nos permite contrarrestar la acción de ese supuesto azar: la voluntad.

Man Ray, “Llágrimes”, 1933..

A pesar de las posibles calamidades que nos pueda tocar vivir, tener una vida menos o más feliz depende en gran medida de uno mismo. El pensamiento, que es la cualidad que alimenta la voluntad, nos permite reflexionar, tomar decisiones y figurarnos imágenes y situaciones útiles para una vida feliz o, al menos, llevadera.

Pero, ¿qué es felicidad? ¿Por qué hay algunos que parecen tenerlo todo -dinero, salud y amor- y no obstante terminan suicidándose? ¿Y por qué hay otros que parecen vivir en la adversidad, con limitaciones físicas, desgracias familiares, pobreza, una mala sombra que siempre los persigue, y sin embargo viven en paz consigo mismos y con los demás? La única respuesta es reconocer que se trata de un problema de conciencia, de menor o mayor lucidez para aprehender las cosas de la vida. La capacidad de ser feliz de aquel que comprende el sentido de existir, aunque su vida esté marcada por dificultades, es infinitamente mayor que la de aquel otro que es incapaz de reconocer el sentido de esas dificultades y que, hundiéndose en la desconsolación, culpa sólo a la “mala suerte”.

Se trata de tener la voluntad de ser feliz. La vida es dura, de modo que aun con la ayuda de toda la gama de ofrecimientos diversos para superarse, tanto tradicionales como alternativos, se suele caer en la desesperanza. Siendo así, hay que tener siempre presente que el mundo se mueve a través de energías, y que las energías del pensamiento son activas y definitorias. Mientras se puedan crear energías bienhechoras y moverlas más o menos a voluntad, el horizonte será mucho más amplio.

En estos días nos toca vivir una época que deja mucho por desear. Henos aquí con el fantasma de una reciente guerra en el planeta, henos aquí con un sintomático estancamiento económico en el país y con esa consabida lucha politiquera -no política- que sólo logra paralizar las energías bienhechoras. En este difícil escenario debemos luchar, individualmente, para seguir adelante. ¿Qué hacer?

Se trata de desarrollarse personalmente. Los seres humanos somos diversos, cada cual sigue su camino, pero esos múltiples caminos conducen a un mismo destino: la autosuperación. El concepto de ser “uno mismo” debe ser entendido como el despertar hacia la conciencia de que, como individuos, pertenecemos a un cuerpo universal, y que en la medida que cada partecita de ese cuerpo mejore, mejorará al organismo entero: la humanidad. La responsabilidad personal, por eso, es enorme, tan enorme como la tarea de alcanzar la voluntad de despertar, de comenzar a despertar aunque sea abriendo sólo un ojo -que ya se abrirán los dos-, de evolucionar hacia el reconocimiento de lo absoluto que significa ser un individuo. Ojo con eso.