:: TRENES
   
Árboles en el Metro.

Por: Sylvia Díaz Araya.

Al entrar en la estación del metro Bellas Artes fijo la mirada en el collage de árboles. Al transcurrir un tiempo voy percibiendo la esencia de cada imagen. En ellas veo al ser humano al desnudo, sin temor a ser descubierto por las miradas de otros. Las pinceladas han calado profundamente la dimensión misteriosa del sentir, y desde la soledad surge ese ser humano sustentado por materia y energía, sin concebir el inicio y término de la existencia. Más parece ser que todo sentimiento está a voluntad de Ser. Entonces me pregunto: ¿por qué vivimos? Y comprendo que la pregunta debiera ser: ¿para qué vivimos? Sin embargo, pareciera que el impulso es avanzar a través de nuestras experiencias en lugar de estar detenidos en las preguntas. Porque ni siquiera los árboles están detenidos e inmóviles. Al igual que el universo, éstos crecen, se desarrollan, dan frutos y sucumben en un continuo proceso de transformación.
Sumergida en mi abstracción voy descubriendo cómo las
Una pequeña parte del gran collage de árboles a la entrada del metro Bellas Artes.
raíces logran llegar a ser la simiente de tal esplendor de colores, maravillar a muchos, dar utilidad a otros. Inconscientemente vivimos influenciados concientemente por los colores, en una permanente división de lo que es real e irreal, del día de la noche. Entonces, creo que nuestras emociones vendrían a ser las raíces de los árboles, por estar éstas ocultas y distantes, pertenecientes al espacio interior. Un lugar lleno de misterios, al igual que el universo.

Nuestros pasos por esta biosfera adquieren distintos sentidos o rutas según nuestra voluntad, pero la dirección, nuestro norte, parece estar dado por una energía suprema que condiciona indirectamente los hechos de nuestras vidas. Lo cual me recuerda la siguiente frase: La libertad es uno de lo más preciados dones que a los hombres dieron los cielos, según El Quijote. Porque la vida es libertad, la libertad es un llamado a la vida. Y como un llamado a la vida es este collage de árboles que no pretende ser, pero es. La simpleza de su manifiesto es un viaje a mi reminiscencia, a un espacio y tiempo en que logro reencontrar valores y esperanzas pérdidas que no quiero dejar, pero debo dejar. Desde algún recodo interior escucho una voz que dice no abandones... sí, debes seguir y recordar, recordar. Y como el árbol, que a pesar de la tempestad se resiste abandonar su lugar, me encuentro aquí para permanecer hoy y siempre.

Cada dibujo tiene un nombre y cada nombre un alma que se comunica. Tal comunicación utiliza un lenguaje que para muchos es imperceptible. Tal vez se deba a nuestra carencia y censura emocional. Entretanto, estamos limitados a escuchar el sonido de las raíces al caminar desde la paciente morada, el grito de un brote que está naciendo, la música del amanecer y del ocaso. ¿Cuántos sonidos por escuchar? Feliz el que puede escuchar, inocente el que quiere escuchar.

Dejando atrás el collage continúo mi viaje con aire fresco y pasos firmes, y, sin embrollos, me desplazo por el vagón del tren para luego sentarme y descansar un poco. De esta forma cierro el círculo y avanzo al encuentro de nuevas experiencias. Hacer una pausa revitaliza el alma y equilibra las energías. En este sentido, la tierra requiere de continuas pausas para equilibrar sus funciones. Los desastres naturales son, de cierta forma, esa pausa. Que la naturaleza se encargue de liberar energía es sencillamente incomprensible a nuestro parecer, además de aterrador.

Para mi Hermana, lazos de amistad.