:: ALMA DARIANA.

El siguiente texto fue escrito por un alumno de la Uniacc, perteneciente a la beca otorgada a través de la Comisión Valech a solicitud del profesor de Comunicación.

No tengo muchos recuerdos con respecto a pasar mi infancia rodeado de juguetes. Sí resaltan las famosas pichangas con los amigos del barrio, esas que se prolongaban hasta altas horas de la tarde, donde el viento siempre jugaba en contra de la pobre pelota de plástico. Ahí, con esa desventaja, no existía el jugador más hábil, malo era sólo aquel que transpiraba mucho. Otros juegos comunes y propios de la edad eran el tombo, la escondida de tarro, el alto o la simple pero entretenida escondida, donde la sufría el que buscaba: lo hacíamos contar mucho más de cien. Normalmente el juego era mixto. Ese tiempo nos daba para escondernos bien retirados con nuestra elegida amiga, aprovechando de sentir las primeras estrellitas con el sexo opuesto a través de
ingenuos, pero sabrosos besitos. Después de los 12 años ya mis amistades cambiaron y me identifiqué mucho con mis compañeros de colegio, amigos que recuerdan hasta el día de hoy mi hiperquinesia e indisciplina. Romper los esquemas era algo, o lo es todavía, natural en mí. Tenía la suerte de entender muy rápido la exposición de las materias dictadas por el profesor, lo que me permitía una rápida habilidad para el desorden dentro y fuera de clases. Famoso era para organizar jocosos squetch, paseos, malones y/o las típicas tallas oportunas o no en pleno desarrollo de clases. Uno de esos amigos, Carlitos, siempre recuerda mis colaciones de entonces, a veces una palta. Como nos sentábamos en primera fila, mi mejor entretención era apretar la parte posterior de ella, y su disparo era tan potente que, al pegar en el pizarrón, el salto y susto del profesor eran inminente y las carcajadas también.

Otra barbaridad desafiante a los inspectores del colegio, por cierto muy individual, era hacer pipi desde la terraza hacia abajo, para que éste chispeara con el viento. Los baños quedaban a trasmano y no alcanzaba a llegar. Otra traviesa diversión era irnos y venirnos caminando a la Escuela República de Brasil, ubicada frente al Parque O´Higgins. Bonito paisaje, pero más entretenido significaba tocar los timbres de las casas ubicadas en el sector y posteriormente salir arrancando. Esa adrenalina vivida nos permitía grandes logros en el colegio: gran puntualidad y asistencia; en cuanto al hogar: hijos ejemplares, siempre llegábamos a la hora exacta a almorzar. En sexto básico, mi siempre paciente padre (aunque a veces no tanto) optó por cambiarme a un prestigioso colegio experimental, muy estricto, frente a la Quinta Normal: Salvador Sanfuentes. No sirvió mucho con respecto a la disciplina, seguí peor, pero los mejores alumnos egresados de básica pasaban sin examen de admisión a los cuatro mejores colegios secundarios y experimentales de la época, años 64, 65, con métodos revolucionarios en educación, gran importancia en lo social, deportes, laboratorios y esencialmente autodisciplina, entre esos el mío: Liceo Darío Salas. Grandes compañeros y compañeras, excelentes amigos y amigas que aún conservo, entre ellos el Huaso Astorga y familia, con él desde los 13 años. Conocí su casa de La Rinconada y posteriormente el hermoso Cajón del Maipo, especialmente San Alfonso, cuántas aventuras desde pequeños, largas y entretenidas jornadas de camping, paseos a la Cascada de las Animas, chapuzones en el tranque, paseos a caballo y carretes varios, hasta el día de hoy soy un asiduo visitante, especialmente al bar de la familia, con la Yuyín, la Carmen Gloria y amigas, y a los más hermosos rincones cordilleranos del sector.

Conocida es el alma dariana: solidaridad, cariño y respeto por nuestros semejantes, profesores(as) consejeros y amigos incluso en el presente. Mis mejores fiestas y pololeos en ese tiempo, 15, 17 años, con orquestas formadas por los propios alumnos, grandes talleres de teatro, otras expresiones culturales como artesanía, música, folklore. Mucha presencia social a través de nuestra joven militancia en poblaciones de mucho abandono: La Bandera, La Victoria, La Legua y muchas otras, sin olvidarme de actos solidarios por Vietnam, Camboya, Nicaragua, etc. Bonita forma en que el idealismo por justicia nos motivaba, a los jóvenes organizados de entonces. Hermosos pasos como adolescente en mi colegio, algunos de ellos ya marcaban el éxito futuro: la Schlomit Baytelman, el Chino Cazzely, Fernando Ubiergo, Felo, Ricardo Astorga, por nombrar algunos. Una unidad que se transporta hasta nuestros días. Con ese cariño nos juntamos todos los fines de agosto para conmemorar el aniversario de nuestro querido liceo.

Es difícil resumir en estas breves líneas mi hermoso paso por la vida, tantas anécdotas y logros importantes darían para un libro. Nada tiñe ese recorrido, ni siquiera el fatídico golpe de estado, que costó la pena tremenda de muchos padres y hermanos, entre ellos los míos, mi detención de meses a los 19 años fue un duro golpe emocional y espiritual. Durante 3 años consecutivos fui un alto dirigente regional y nacional de la Universidad Técnica del Estado, como también de una importante juventud de izquierda cuya provincia, Colchagua, por esos tiempos altamente reaccionaria y latifundista, no soportaba la presencia y función educativa social y de desarrollo de tan prestigiada universidad, ni menos de una juventud progresista. Nunca antes, por años, ninguna organización ni establecimiento educacional había marcado tanta presencia de ese tipo en la zona. Esa fue la inmensa victoria nuestra, que no supieron soportar ni perdonar. Con la dictadura instaurada vino el desquite, tratando de mutilarnos física y mentalmente. Es aquí donde surge lo paradojal de mi inquietante personalidad, la del tipo revoltoso e inquieto con arrebatos de indisciplina y el otro extremo, la del joven dirigente más maduro y consecuente, que creía en ideales como el de la importancia en la justicia social y en la equitativa distribución del ingreso.

Hoy comparto otra vida tan feliz como aquella con mi especial y hermoso hijo, la fortuna de contar todavía con mi madre amiga, mis siempre presentes hermanas, mi polola que encontré después de 38 años en una fiesta del colegio. El destino como ven, alma dariana, y tanto o más importante a la encontrados por la inmensa pena de no tenerlos cerca, la de mi bella nieta, hija y yerno, que viven en EE.UU., pero que por lo menos nos fundimos en inmenso amor físico una vez al año. Esta felicidad es más grande aún gracias a una beca del estado y la Uniacc, que a mis 55 años vuelvo a estudiar en la universidad, porque nunca es tarde para enriquecer nuestros conocimientos y conocer gente con vivencias tan similares.

Con cariño, a mi familia y amigos,

JOSÉ MIGUEL LEIVA C. (CHINO.)