Paz Gabriela

Observé lo que ocurría en aquel lugar, cualquiera puede hacerlo. Yo venía desde las montañas a explorar de qué escapaban tanto las personas en la ciudad, ya que cada fin de semana mi pueblo se llenaba (y aún) de santiaguinos asombrados por la paz que se respira del paisaje en toda época y bajo toda circunstancia y la cordialidad de la gente en la plaza, lo maravilloso del vivir en medio de la naturaleza.

 

Cuando ya estaba entre todos esos edificios y carteles con letras, colores, señales, automóviles, imágenes y etcétera, bajé las escaleras junto a todo el hormigueo. Pagué mi boleto, pasé por la maquinita e hice lo mismo que hacían todos. Lo interesante de aquella experiencia fue dentro del carro azul.

Subimos todos, algunos estaban más acelerados que otros, la impaciencia se les escapaba por los ojos que, inquietos, se paseaban entre las estaciones y el reloj. Otros se sentaron rápidamente para que nadie, pero absolutamente nadie, ocupara el puesto que les pertenecía. Algunas señoras conversaban con un aparato al oído sobre temas distintos. Otros caballeros y uno que otro joven leían periódicos extremadamente concentrados en la gran última noticia: el participante de la teleserie del momento había triunfado dirigidamente por cincuenta millones de pesos. Me pareció interesante ver cómo los que leían de pie utilizaban a los que estaban de espalda a ellos para apoyar los periódicos sobre sus cabezas u hombros. No pensé que en estos lugares podía haber tal comodidad. Hacia los pasillos se veían estudiantes concentrados en guías y papeles o libros. Se sujetaban apenas para no caer con cada freno. Los jóvenes vestían según la última moda o estilo con indiferencia y los adultos evidentemente parecían ir a unos cuantos funerales. ¡Nada de colores vivos!

Cuando miré a un joven que miraba con temor, pensé que andaría algo perdido en medio de tanta cara. Y así, entre mirada y mirada, llegué a ver fantasmas tras las ventanas, justo tras las puertas desde donde yo había entrado. Verdaderos y espeluznantes fantasmas volaban junto a quienes íbamos dentro del vagón. Sus caras demostraban frustración y cansancio de tanta vida sin sentido y cada luz del túnel del metro se clavaba en sus rostros opacados. Estaban ahí, sumidos en y bajo la urbe, mirando el techo, los carteles, leyendo periódicos y murmurando, tal cual nosotros viajábamos. Y aún así, nadie se daba cuenta.

Después de enterarme de por qué los santiaguinos escapan de su ciudad y nos visitan tanto, me devolví a las montañas sintiendo la urgencia de no irme jamás de este lugar tan simple como las piedras en el camino y las flores creciendo entre ellas, las montañas con sus árboles y las casas encaramadas con sutileza en la tierra natural, el cielo verdaderamente azul que regala aire transparente, las personas sencillas y amigas entre sí, el pueblo sabio, no atrasado por tener menos cemento, que no lleva en él fantasmas frustrados, sino que verdaderas leyendas de seres humanos disfrutando siempre de sus montañas. DdO