Versión electrónica de la Revista Dedal de Oro. Nº 45 - Año VII, Ocubre y Noviembre 2008
MANIFIESTO VII


SEGUNDA PARTE

Desde que el mundo es mundo ha habido revoluciones. Todas se han llevado a cabo para poner fin a un orden social e instaurar otro. Con todo, y por muchas y variadas que hayan sido esas revoluciones, da la impresión de que todas han terminado en lo mismo, esto es, que el nuevo orden, básicamente, no ha sido muy diferente del anterior, y eso porque todas tienen de común la concentración del poder, el culto al superdotado y el mito del crecimiento ilimitado, y todas son soluciones a los problemas que genera el hecho de concebir a la vida misma como un problema.

Diferente ha sido el fenómeno del nacimiento de una nueva cultura. Revolución de un ciclo milenario que instaura un nuevo orden para los pueblos después del colapso de otra cultura anterior. Las culturas nacen de un acontecimiento espiritual que formula el sentido de la vida con una autoridad que nadie puede poner en duda, porque no es el resultado de una mente humana que reflexiona confiada en sus limitados recursos. Moisés, Jesús y Mahoma, no son genios, ni ideólogos, ni expertos, ellos son la brecha por donde irrumpe la fuerza invisible que da forma a un orden que hace posible la armonización de la vida de los pueblos con el gran sentido del mundo (Tao).

Y todo esto para decir que el ciclo creativo de nuestra civilización está agotado. Un nuevo mundo está naciendo. Sus gérmenes comenzaron a brotar desde mediados del siglo XX y hoy sus ramificaciones se extienden por todas las zonas habitadas del planeta sin que nadie lo perciba como un fenómeno evidente, porque la mente del hombre contemporáneo carece del marco de referencias donde pueda caber esa realidad. La mayor parte del género humano sigue hoy atrapada en la lógica generada por el hecho de no vivir realmente la vida sino tan sólo el día a día de los problemas creados por la máquina de esta civilización.

Pero la nueva revolución del cambio de cultura ya está aquí y se impone tomar conciencia de ello, asunto en extremo delicado y grave a la vez, porque en ello nos va la vida. O seguimos participando de esta muerte masiva o salimos de ella en un acto de audacia y despertamos. Quizás nos falta sólo una milésima más para hacer conciente el hecho de que ha sido el dinero el obstáculo más grande que ha hallado la especie humana en su evolución y que las técnicas inventadas para paliar nuestras limitaciones terminaron por construir un mundo que a estas alturas de la historia es ya incompatible con la vida.

En 1789 estalló una revolución en París de Francia, la cual a poco andar terminó construyendo una sociedad más injusta y opresiva que la de la monarquía. Hubo otra revolución en París en 1968. Fue una revolución juvenil esta vez, la cual prometía mucho. Su lema era: “Prohibido prohibir”. Con esa frase la juventud universitaria de Francia denuncia que la estructura de esta civilización se ha solidificado como el hormigón armad y aprisiona la vida impidiéndole manifestarse. Pero cometió el error de politizarse. Fue una gran oportunidad de pensar creativamente, pero la lógica política tradicional la hizo abortar.

Algo dejó, sin embargo, esa momentánea explosión juvenil del malestar de nuestra cultura en decadencia. Y eso que dejó es justamente el hecho de que ese malestar que llama a la rebelión fue algo que ocurrió en las mentes de los jóvenes del país. Por eso es que hoy podemos tomar más en serio el hecho de que son los jóvenes, entre los veinte y los treinta años, quienes, por su lozanía vital, están más libres de la contaminación que tiene cautiva la mente de todos los que se adscriben al sistema imperante y siguen las directrices de su lógica, convencidos, a su pesar, de que la vida consiste solo en solucionar problemas.

La hegemonía del dinero y la tecnología y el supuesto de que la vida es sólo un problema son tres aspectos básicos que acusan la muerte psicológica que hoy afecta a las grandes masas, la cual es igual para el pobre y el rico, el tonto y el inteligente, el gobernante y el gobernado, porque la muerte los iguala a todos. Tomar conciencia de ello es el primer paso para entrar en el nuevo modelo de cultura que se aproxima.

El segundo paso consiste en hacer conciente el hecho de que la vida, tal como originalmente se manifiesta, es en sí algo definitivo y acabado, y mal puede el hombre inventar cosas artificiales para sustituirla. Por eso, el haber inventado la máquina que reemplazó a la vida es la causa de que hoy no vivamos realmente sino que funcionemos como una pieza más en sus trabajos y administraciones.

¿Cómo ha ocurrido esto?

Si la vida es, originalmente y tal como se manifiesta, algo definitivo y acabado, el mito antiguo sobre los hermanos primordiales nos enseña que del vientre de nuestra madre común, junto con salir el noble pastor, salió también el hijo de la serpiente, el herrero y constructor de ciudades, con un vacío en el corazón, el cual su descendencia ha intentado llenar a lo largo de toda la historia sin poder saciarse. Para eso, el ancestro creyó necesario comenzar la historia de su estirpe dando muerte a su hermano, con el objeto de llevar a cabo sus proyectos lejos de la mirada de ese testigo de verdad. Medita tú sobre esta triste y conocida historia, la cual, siendo tan simple, ha sobrevivido intacta desde hace tres mil años. Quizás ella te libere de la lógica paralizante que hoy tiene cautiva la mente de la humanidad, y puedas así verte a ti mismo con una nueva mirada, porque como dice el viejo refrán “Nadie sabe lo que tiene”, y también: “Valemos más, por más que digan”. Todo eso abre un nuevo espacio para pensar creativamente y empezar a vivir desde cero y en verdad, porque nuestro amor a la vida y a los hombres es, a la postre, más fuerte que las manipulaciones de quienes hoy nos amenazan con su poder y, si fuera posible, con la aniquilación de toda forma de vida, previa movilización de todo lo que existe para generar riquezas que no tienen más realidad que unos signos fugaces vistos en una pantalla que se alumbra o oscurece a voluntad.

El tercer paso concierne a la discriminación de los débiles, ignorantes y vulgares hijos de vecinos, en suma, los que no pasan la prueba de los así llamados superdotados y que han vivido marginados de la toma de decisiones que a ellos les concierne. Y si tal ha sido la consecuencia del culto al genio, al bello, al poderoso y rico, tú, aparta la mirada de ese modelo y dirígela a tu pueblo y a los descendientes de los habitantes originarios de tu tierra y conoce la cultura de tradición oral que crearon. Mientras “ellos”, con su culto al genio, distorsionan todos los valores y empañaban nuestra autoestima, y con sus edificios, sus máquinas y su armamento reducen a nada nuestra dignidad y nuestra misma individualidad.

Estudia lo que esos señores sin nombre ni rostro nos dejaron de su experiencia en la vida y aprende algo de su sabiduría e imprégnate de su virtud a través de sus refranes, versos, narraciones, oraciones, fiestas y ceremonias. Infórmate sobre su sencilla ciencia para vivir integrados al orden natural. Admira sus trabajos de arte y artesanía, todos impregnados de una nobleza que hoy nadie puede imitar, y celebra y festeja el hecho de haber descubierto quiénes fueron, alégrate de saberlo. Porque “ellos”, los otros, nos quieren deprimidos, cercados como nos tienen por su poder, impotentes y resignados, moviéndonos sólo al ritmo de su tiempo útil.

El cuarto paso que corresponde dar concierne al gran secreto que debe ser trasmitido en nuestros diálogos íntimos, esto es, que la persistencia en el propósito y en la esperanza que es capaz de esperar contra toda esperanza, es una fuerza que no conoce obstáculo, y eso cuando es compartida, pues esa que no parece ser una fuerza es nuestra real fuerza. Su constancia se mide por el refrán que dice: “No es tan hombre el que tiene como el que mantiene”.

Si los pingüinos nos han dado el ejemplo ahora, sin pretexto para movilizarnos, aprendamos a vivir en una perpetua movilización. La revolución es permanente o no es revolución. Nuestros mapuches nos han dado el ejemplo de lo que es ponerse a sí mismo un alto precio y dar la vida si fuera necesario por la defensa de lo que somos.

SEPTIEMBRE 2008.