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por
Francisco Javier Bécquer.
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pálidos rayos de la luna que se entrelazaban en las
hojas de los árboles no fueron capaces de iluminar
el suelo corroído por las lluvias inmisericordes
del invierno. Pero a pesar de aquello, se podía sentir
el frescor de un nuevo amanecer aproximándose suavemente
tras la dama blanca que sonríe en el cielo.
Escondido
entre las flores se hallaba el genio del amor, esperando
que pasase por aquellos lugares algún hombre o
mujer en busca de la soledad. De repente se oye el crujir
de las hojas en el suelo y el genio ve que un joven estudiante
se aproxima al lugar...
-Veo -se dijo así mismo- que ese joven viene con
los ojos llorosos y el corazón partido en dos.
¡Qué lastima, no lo podré hechizar!
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Dibujo:
Lucia Echevarría
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El
deprimido jovencito pasó de largo y no vio al genio.
Luego se detuvo frente al río, que, silencioso como todas
las noches, absorbía en esos momentos los mágicos
rayos de luna. Contemplando las aguas, que llenas de luz de
luna seguían su curso hasta el mar, su ser interno le
hizo llorar amargamente:
-¡Oh, Natalia, cómo te amo!
La
madre luna, esencia del romanticismo femenino, se compadeció
del pobre estudiante y vio que era de corazón puro y
de sentimientos verdaderos. Entonces envió un rayo de
su cuerpo, que, rebotando en las aguas y traspasando los verdes
ojos del efebo, se fue a quedar en una roca cubierta por un
verdoso musgo. Y apareció allí una jovencita...,
o sea, ella..., ¡no sabría como describírsela,
estimados lectores!
Cuando
el estudiante estaba a punto de entregar su hermoso cuerpo de
seda suave al río, una mano blanca y luminosa le sujetó
de los hombros.
-¿Adónde vas, oh dulce éxtasis de mi ser?
¿Acaso a entregar esa obra perfecta de la naturaleza
a los brazos de la descomposición y al infierno de tu
espíritu?
Nehíl,
el joven estudiante, volvió su exquisito rostro de juventud
encarnada y de virginidad de dioses hacia la hija menor de la
luna: Semila, recién aparecida.
-¿Quién eres, oh hija de la esencia femenina?
¿Una realidad o un sueño de carne y energía?
El
genio, que se hallaba en su flor de Marte, escuchaba esta conversación
por los oídos de su interno espíritu. Su mente
se alegró y lanzó un haz de amor a la pareja que
estaba junto al río... Semila entonces comenzó
a sentir un extraño calor que le nacía desde las
mejillas y le recorría el cuerpo, encendiéndola
suavemente. Su corazón quería devorarse así
mismo. Pero al mirar el cuerpo suave y perfecto de Nehíl,
ya que las hijas de la luna pueden ver a través de las
ropas, sintió que el fuego hacía explosión
en las aguas ardientes de su manantial.
Nehíl
olvidó su tristeza y el corazón le latió
tan fuerte que se escuchó hasta en la cama de los amantes
del Olimpo. Le latió tan fuerte, tan fuerte como la cumbre
de su volcán ardiente, desesperado de fuentes femeninas.
Entonces el aire brotó de sus gruesos y carnosos labios,
que exhalaron un suspiro que olía a sexo, semillas y
fusión de cuerpos
Las
manos guiaron al cuerpo mortal y perfectamente lampiño
de Nehíl al cuerpo suave y divino de Semila, quien separando
sus piernas esperaba la succión o la siembra de la semilla
de olores mezclados. La boca, las mil posiciones y el volcán
Nehíl entrando en todo aquel palacio de paredes blandas,
manantial bañado en miel que había en Semila...
Entonces se reventó el río y se eclipsó
el frío nocturno...
Cuando
el magma, que brotó a torrentes del mármol Nehíl,
llenó toda la fuente, e incluso las más recónditas
vertientes de Semila, ésta explotó en luz y en
lava blanca como nieve y espuma de mar, mientras él se
desmoronaba en la inconciencia.
Cuando
Nehíl despertó yacía dormido y desnudo
sobre un lecho de hojas secas en el bosque, y sobre él
un cuerpo... un cuerpo que él conocía mejor que
nadie... ¡Su propio cuerpo penetrado por su propio cuerpo!
¡Era él mismo haciéndose el amor a sí
mismo! El genio era un demonio, el bosque se transformó
en cristal y Nehíl quedó unido para siempre a
sí mismo, con la lava emergiéndole a torrentes
y la mirada puesta en el infinito
La
luna brilla cerca del río, y sobre éste, sobre
el mundo en el bosque, el amanecer se acerca...
Yo
que vengo muy triste por haber sido traicionado por Camila,
paso cerca del genio y me dirijo al río... ¡Lloro
amargamente...! ¡Lloré amargamente...! Pero cuando
dejé de llorar la vi a ella, ¡a Semila!
El
genio iba a lanzar su haz de amor y corrí hacia él.
Lo reventé entre mis manos y con su sangre verde y café,
que huele a manantial de niña de quince años recién
bañada después de la cópula, empapé
los labios de Semila. Luego, a patadas, la lancé al río
y le apreté el cuello mientras me miraba con sus mil
rostros de mujer y hombre... Pataleó y movió las
manos en el agua. Sólo su cuello y su cabeza sobresalían
mientras yo seguía apretando y escupiendo en su rostro:
-¡Yo no acepto esto... que mi hermana sea una ramera que
con las artes del engaño haya seducido y asesinado a
mi hijo!
Semila
expiró y se hizo rayo de luna que volvió a las
alturas...
Yo
seguí mi camino... Mamá luna estaba enojada, pero
dándome un beso me hizo ver el universo a su lado...
Entonces, convirtiéndome en luz pálida dormí
en sus brazos por una eternidad, abrazando a otro pálido
rayo de luz... mi hijo Nehíl... Semila, en cambio, durmió
con Diana, Sémele y Artemisa en los ojos de la madre
Luna...
El
río bebió la sangre del genio y el cristal explotó
en billones de lunas pequeñas que se insertaron en los
románticos corazones de solitarios poetas...
(San
José de Maipo, Viernes 20 de Junio de 2003)
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